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El 15M y la paradoja de la representatividad

“¡No nos representan!”, ha sido una de las proclamas más relacionadas con el movimiento del 15M. Esta frase se dirigía a los políticos que ocupan instituciones de una democracia desgastada y poco participativa. Pero tras el bloqueo del Parlament catalán esta frase parece haberse puesto en contra de los que, corroídos por la indignación, pretendieron impedir que se votase la Llei de Pressupostos de la Generalitat. Al exigir una democracia más real no se está pidiendo que se haga lo que quieren quienes promulgan el cambio. CiU ganó las elecciones y alguien les habrá votado. Si se exige democracia ha de hacerse a sabiendas de que es probable que lo que uno quiere no sea lo que quiere la mayoría. Si no, no pidas “democracia real”.

Desde el primer momento este aspecto estuvo muy cuidado dentro de las movilizaciones. Se trata de un conjunto de personas con historias y motivos individuales para estar allí. Nadie podía representarlos. No había portavoces. Era un magma de indignación: personas en situación de desempleo, estudiantes sin perspectivas de futuro, pensionistas, eternos becarios… Pero cuando se llevan a cabo acciones como la del 15 de junio la minoría que estaba allí comenzó a representarnos. No solo a quienes estaban indignados, sino a la ciudadanía en general al bloquear una institución que es de todos. Y es que en realidad los políticos sí nos representan, el problema es que lo hacen mal. La solución, entonces, no es impedir que lo hagan, sino exigir que lo hagan bien. La cuestión de la representatividad se convierte, desde hechos como estos, en una paradoja y también en una controversia. ¿Quién nos representa más, un partido elegido en base a una ley electoral que muchos (no sabemos cuántos) consideramos injusta o una minoría (sí, minoría) que según dicen las encuestas cuenta con la simpatía de la mayor parte de la sociedad? Y aún creyendo que estas encuestas dan legitimidad, ¿también la mayoría de la ciudadanía estaría de acuerdo con la obstrucción del ejercicio de la democracia que tenemos? Al impedir el ejercicio de los procesos democráticos quienes protestaban en el Parlament se equivocaron. Quisieron erigirse como representación de la mayoría, se adjudicaron ese derecho. Suerte que esa minoría lo sea también dentro del propio movimiento.

La exageración de los disturbios, el tratamiento mediático, y la vocación peliculera de algunos de los diputados entrando en helicóptero aderezaron la percepción que se tuvo de los incidentes. Pero son aspectos complementarios que se han de tratar aparte, como elementos que se han convertido en indispensables en una sociedad del esperpento, el espectáculo y el morbo. Lo que queda es la esencia: el bloqueo en sí mismo y la paradoja de la representatividad.

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Barcelona nunca estivo tan fermosa

Disque eramos 200.ooo. Outros din que moitos máis, e outros que menos. O certo é que, números aparte, Barcelona onte estaba pletórica. A iso das 16.30 da tarde Plaça Catalunya xa comezaba a encherse. Un home aproveitaba para vender globos de helio con personaxes animadas que acompañaban polo aire aos lemas e reivindicacións. Bob Esponja paseaba polo ceo barcelonés da man de pancartas que rachaban de novo o tedio. Unha muller (con hiyab, por certo, que me reafirmou na idea de que o velo non é incompatible coa rebeldía) colocaba na camiseta algunhas mensaxes que falaban de valores. Outra muller (sí, outra muller), erguía a súa voz para ensaiar os primeiros cánticos: “un banquero se balanceaba sobre la burbuja inmobiliaaaria, como veía que no se caía fue a llamar a otro banqueeero…”.

Un grupo de manifestantes con disfraces de zombis recordábannos o que eramos hai uns meses, antes de termos reaccionado. Nas súas costas lemas como o seguinte: “zombi: yo no necesito cultura, sólo técnicas productivas”. Máis tarde, xusto antes de que as columnas de xenta saíran cara ao Arc de Triomf, os zombis serían os protagonistas cun baile improvisado ao son de Thriller, de Mickael Jackso. Á súa vez, un veterano da Revolución esixía protagonismo ao berro de ¡Muerte al capitalismo!. Nunha man, unha bandeira pirata, na outra, un cigarro. No seu peito a estampa do Che. Coa voz ronca de quen ten vivido repetía de novo ¡Muerte a los capitalistas!, nunha especie de boicot aos zombis que mostraban a súa coreografía con orgullo. Nunha pancarta, alguén animaba a Puig, o conselleiro de interior da Generalitat que ordenou o desaloxo de Plaça Catalunya o 27 de maio, a anotarse a clases de ioga.

#feliz15O

O descontento flutuaba, expresando a súa máxima potencia ante lugares simbólicos como sucursais de entidades bancarias ou a Borsa de Barcelona. Entre a xente parecía haber algún que aínda non se esquecera das praias galegas tinguidas de negro, pois víanse algunhas camisetas co lema Nunca Máis. E non era a única reivindicación que viña de fóra. Unha pancarta sostida por inmigrantes era síntoma de que o movemento é plural. Porén, parecía haber algún que outro desorientado que polo baixo se queixaba: “aquests són els culpables de la crisi”. En fin, cousas que pasan cando se xunta moita xente. Pero o balance final coido que foi positivo. A xente estaba radiante. Dúas mulleres embarazadas amosaban as súas barrigas pintadas como se fosen o globo terráqueo. Levaban no ventre a esperanza debuxada. Barcelona nunca foi tan fermosa.

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