Faenar tras los 65

La supresión de las pensiones compensatorias a las mariscadoras jubiladas por parte de la Xunta provoca su reincorporación al trabajo en las playas

Sara Vila/ Compostela

Empezaron a trabajar alrededor de los 14 años y ahora se les niega el derecho a jubilarse. La retirada de la pensión compensatoria a las mariscadoras gallegas jubiladas con pensiones no contributivas ha provocado la vuelta a la faena de aquellas que durante años trabajaron sin reconocimiento. Un reconocimiento que volvió a negárseles, esta vez por decreto del gobierno de la Xunta, hace ya un año con la retirada de la pensión compensatoria a las mariscadoras que no pudieron cotizar el período mínimo. La Xunta las volvió a hacer dependientes de sus maridos al suprimir los 557 euros mensuales que compensaban a estas mujeres que sufrieron las consecuencias de serlo.

María Jesusa Souto viene de cumplir los 65 años. Empezó a trabajar en las playas de Fene con 20 y si quiere tener una pensión contributiva tendrá que prolongar su vida laboral hasta los 70. A Jesusa no le importa trabajar, se aburre en casa y le gusta faenar junto a sus compañeras. Sin embargo, no confía en poder trabajar hasta los 70 porque reconoce que “el de mariscadora es un trabajo muy duro”. Recibe una pensión de viudedad y no espera seguir en las playas más de dos años. Los motivos por los que Jesusa no reúne 15 años cotizando a la seguridad social son tan simples como que dejó de mariscar cuando se casó y tuvo hijos. A los 35 años volvió a incorporarse al trabajo pero no pudo comenzar a aportar sus cuotas a la seguridad social hasta el año 2000. No pudo porque vivía en un mundo en el que lo importante era que cotizase el hombre y en el que su trabajo era considerado una actividad complementaria.

Además de los problemas que ya de por sí padece el sector pesquero, las mariscadores siempre han tenido el factor discriminatorio añadido de ser mujer. Un condicionante de género por el que se vieron fuera de las cofradías y demás estructuras organizativas del sector. Es cierto que en este sentido hubo grandes avances en los últimos años. La simple recuperación del nombre mariscadoras en lugar de mariscadores es un hecho significativo, pues el 95% del marisqueo lo realizan mujeres. También se logró que en las cofradías hubiese representación femenina, así como la participación de las mujeres en encuentros internacionales del sector pesquero.

Sin embargo, la Xunta no guardó una mínima sensibilidad de género cuando hace ya un año tomó la decisión de suprimir estas ayudas. Es sintomático que la inmensa mayoría de las pensiones no contributivas en Galicia vayan destinadas a mujeres, prueba de su papel secundario en el ámbito laboral. La actitud de la Xunta de Galicia al retirar los 557 euros de pensión compensatoria a las mujeres que no habían cotizado abrió de nuevo una brecha entre hombres y mujeres. Todas las mariscadoras que recibían esta ayuda enfocada a paliar una situación discriminatoria por la cual habían tenido dificultades para cotizar se quedaron sin ella. Las opciones que se les presentaban a estas mujeres que rondan los 70 eran conformarse con una pensión no contributiva o volver a trabajar para completar el mínimo de años cotizados a través de una medida extraordinaria de la Xunta, que hasta entonces no renovaba los permisos de marisqueo a las mayores de 65 años.

Los datos fueron confusos desde el principio. En un primer momento, la por entonces Conselleira de Mar, Rosa Quintana, contaba solo 178 mujeres afectadas. Mientras, desde la Asociación Galega de Mariscadoras (Agamar) calculaban que cerca de 1.000 mariscadoras se quedarían sin la ayuda a medida que fuesen cumpliendo los 65. A día de hoy, un año después de la polémica, desde la nueva Consellería de Medio Rural e Mar mantienen el mismo número de afectadas, sin tener en cuenta a las mujeres que en los próximos años cumplirán los 65 sin haber cotizado 15 años. Tampoco saben explicar qué cantidad de mujeres han vuelto a trabajar tras haber suspendido la pensión compensatoria. Por el contrario, desde el Gobierno sí se ofrecieron explicaciones sobre lo justo de la medida. La conselleira de mar, y ahora también de medio rural, Rosa Quintana, explicaba que “sería tremendamente injusto para aquellas mariscadores que pagaron religiosamente sus cuotas a la Seguridad Social que ahora las que no lo hayan hecho disfruten de los mismos derechos”. “Pensamos que no es justo que se gane más con ayudas que trabajando”, explicaba la conselleira en plena polémica, apelando a la “justicia y la igualdad”. Estas ayudas comenzaron a darse durante el gobierno del bipartito (PS-G y BNG) en la Xunta de Galicia. La ex funcionaria de extensión agraria y pesquera de la Xunta, Prudencia Santasmarinas cree que la implantación de esta pensión constituyó un acto “claramente electoralista” por parte del anterior gobierno. Santasmarinas es una figura clave para entender la situación de la mujer en el sector primaria. Trabajó en la profesionalización del marisqueo durante una parte importante de su carrera, por eso después del esfuerzo empleado para que las mariscadoras cotizasen le parece “justo que se les retire este privilegio a las que no lo hicieron”. Bajo su opinión, subvencionar a la mujer que no quiso tomar la decisión de cotizar por su cuenta y desprenderse del amparo económico de su marido supone “respaldar desde las instituciones actitudes patriarcales”. La presidenta de AGAMAR, Natalia Laíño, entiende las pensiones compensatorias que venían cobrando estas mujeres como una ayuda para paliar una dinámica mucho más difícil de percibir que discriminó a la mujer durante mucho tiempo. Se trataría una presión estructural que no permitía a las mujeres dar el paso de independizarse económicamente de su marido y que provocaba que la mayoría de ellas no aportasen sus cuotas a la Seguridad Social. Así, Laíño llega a la conclusión de que “lo que hizo la Xunta con esta medida fue legitimar las diferencias y el carácter marginal de las mariscadoras”. De este modo, apunta que hay que tener en cuenta que la profesión de mariscadora aún se regularizó definitivamente en el año 2.000, cuando se impuso la obligación de pagar a la Seguridad Social para obtener permisos de marisqueo. “Hubo mujeres que para cuando pudieron comenzar a cotizar ya estaban cerca de los 65, y no tuvieron tiempo de completar los 15 años necesarios”, explica la presidenta.

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O repentino feminismo de Feijóo

Galiza xa ten un goberno legal. Non o foi até hai unha semana coa remodelación da súa estrutura; ao reducir a oito o número de consellerías e manter a mulleres á fronte de catro delas a Xunta de Feijóo cumpre agora a Lei de Paridade. E faino tres anos despois de entrar no Goberno. Esta pequena corrección polo camiño non borra toda unha sucesión de políticas activas en prol da desigualdade que se puxeron en marcha nestes tres últimos anos.

Pode que Feijóo adquirira de súpeto toda a conciencia de xénero que lle faltou ao longo da lexislatura, ou pode que temese que o Tribunal Supremo botara polo chan o seu goberno ante o recurso presentado polo PSG. O caso é que para arranxalo todo, a Xunta debería volver atrás e rectificar boa parte das súas políticas.

Non é críbel a repentina sensibilidade coas cuestións de xénero da Xunta despois de ter suprimido a paga compensatoria ás mariscadoras xubiladas sen pensión contributiva. Estas mulleres non puideron completar o período de cotización mínimo porque o seu traballo non constaba como profesión até o ano 1991, unha cuestión que responde a unha estrutura social puramente patriarcal. Outorgar a estas mulleres unha pensión compensatoria implicaba resarcir o dano causado por un sistema que dá máis importancia ao traballo masculino e continúa a desprezar o feminino.

O Goberno galego tampouco amosou simpatía polas mulleres coa aprobación da Lei de Familia en xuño do 2011. Trátase dunha Iniciativa Lexislativa Popular que promovía a “defensa do matrimonio e a familia”. Foi impulsada polos sectores máis reaccionarios da sociedade, grupos vencellados ao Opus Dei como o Foro Español de la Familia, ou a Confederación de Pais e Alumnos e a plataforma Hazte Oír.

O contido da lei é medieval. Todo vale para defender un modelo de familia único: dende culpar ás mulleres pola baixa natalidade até ocultar o drama da violencia machista, o principal problema que afecta ás mulleres no seo das familias tradicionais. Máis que ser un garante dos dereitos da cidadanía, esta lei conforma unha ladaíña dogmática de marcado carácter católico e patriarcal.

O pretexto da crise serviu tamén para dar algúns pasos máis cara a atrás: menos axudas á dependencia ou recortes no programa Preescolar na Casa. A posta en marcha do coñecido como Salario da Liberdade a mulleres vítimas de violencia machista sufriu tamén o impacto Feijóo. Se no 2006 se destinaban dous millóns de euros con esta fin, tras a entrada do actual Goberno a cantidade foise reducindo até quedar na metade. Ademais, houbo retrasos nos pagos ás mulleres afectadas.

O Goberno da Xunta demostrou dende o ano 2009 a súa despreocupación pola mulleres galegas. E non só iso. A Xunta encabezada por Feijóo traballou contra as galegas. Reduce a igualdade a un eslogan. A nova porcentaxe de representación feminina no Consello da Xunta é agora do 44%, pero o feminismo de Feijóo aínda non convence.

Versión en castelán aquí

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Educación para neonazis en potencia

¿Es la prohibición una medida eficaz? Aunque en muchas ocasiones sea la primera opción que vemos clara hay que pararse a analizar qué se consigue prohibiendo. Sería deseable que ciertos discursos basados en argumentos racistas y xenófobos no existiesen. De este modo, ante la proliferación de ciertos grupos de inspiración neonazi surge la propuesta de prohibirlos para evitar la circulación de unas ideas que consideramos peligrosas para la convivencia. Se suele estar de acuerdo en que sería deseable que este tipo de grupos no tuviese cabida en la sociedad, pero no está muy claro cómo evitar su proliferación.

Lo cierto es que la varita mágica de la prohibición solo conseguiría la radicalización y la proliferación de estos grupos en la clandestinidad. Se señala a los grupos neonazis como lo prohibido, lo malo. Así, quienes se sientan atraídos por lo prohibido y quieran ser “malos” ante los ojos de la sociedad se harán neonazis.

Por este motivo a veces es más productivo pensar en otras alternativas que no conlleven grandes debates como el de la libertad de expresión. La educación en valores es la mejor alternativa a la prohibición. Es evidente que este tipo de ideas surgen en contextos concretos. La desinformación sumada a la frustración suelen ser dos de los ingredientes con los que se cocina el odio al diferente.

En un contexto de crisis económica podemos identificar a los neonazis en potencia. Se trata de personas que sufren las consecuencias de la situación de recesión y que culpan de sus problemas a los inmigrantes. Esta desconfianza hacia el extranjero va en aumento hasta que se convierte en odio. Y del fomento del odio son responsables partidos políticos que se dicen moderados como CiU o el PP, o el señor que vota al PSOE y se queja porque en la clase de su hija hay un ecuatoriano. Aquí echa raíces el odio. A partir de aquí, la gente con menos recursos para moderarse se hace seguidora de discursos populistas diseñados a su medida y encabezados por algún anglada.

El autocontrol de los grandes partidos a la hora de sembrar odio es vital. Pero también lo es la educación. En un contexto económico como el actual es imprescindible expandir la doctrina de la tolerancia por aquellos sectores en los que el odio puede hacer mella con más facilidad. Sin olvidarnos de que las primeras chispas salen de las bocas de respetados y moderados personajes de la vida pública. Quienes expían culpas señalando a los angladas no contribuyen a la convivencia.

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Salirse del camino marcado para construir la paz en Euskadi

La idea adoptada por los sucesivos gobiernos españoles de la “tolerancia cero” con ETA no puede utilizarse para la construcción de la paz. La solución de los conflictos suele implicar que ambas partes cedan un mínimo en sus posturas iniciales. Por eso ya no vale negarse a hablar con ETA. Tampoco vale acusar de etarra a quien no utiliza el lenguaje oficial para referirse al conflicto. Así se quejaba de la situación el presidente de la organización pacifista Lokarri, Paul Ríos: “salirse del camino marcado por el pensamiento único no conlleva la crítica política, sino la descalificación y poner en duda si realmente se está en contra de ETA”.

El escenario ahora ha cambiado, tras el anuncio de ETA de cese de la actividad armada es necesario replantearse qué hacer con los presos del grupo terrorista que, según anunció, no volverá a utilizar la violencia. Y para saber qué hacer hay que salirse de ese camino marcado oficialmente y buscar vías para la paz.

La credibilidad de ETA ha salido malparada de acontecimientos como la ruptura del alto el fuego permanente con el atentado de la T4 en el 2006. Por este motivo hablar de amnistía es precipitado e injusto. Aún así, cuestiones como el acercamiento de presos y la creación de una comisión de revisión de penas constituyen pilares básicos para la resolución del conflicto. La supresión de la doctrina Parot y la puesta en libertad de personas cuyos delitos sean de pertenencia a banda armada o de apología del terrorismo son medidas que hay que adoptar ante el nuevo panorama en Euskadi.

Es importante entender el contexto en el que se encuentran las personas que conforman la sociedad vasca. Después del anuncio del fin de la violencia es justo iniciar un proceso integrador en el que todas las víctimas sean reconocidas. El papel de los ex compomponentes de ETA es fundamental. Se hace imprescindible su reinserción en la sociedad para consolidar la vía política. El estado, por su parte, debe reconocer sus abusos en la persecución a ETA (los paramilitares de los GAL) al igual que los ex terroristas deben reconocer los suyos. La empatía es fundamental. Para llegar a este punto es necesario crear un clima de convivencia en el que todos nos sintamos vencedores,  por eso hay que revisar muchas de las condenas de los presos etarras.

Por el momento no sería aceptable hablar de amnistía para aquellos presos con delitos de sangre. El concepto “asesinato político” puede incrementar el dolor de la víctima y no debe utilizarse como argumento. Además es importante no entrar en cuestiones que generen tensión, y esta la genera. Cuando se habla de asesinato sobran adjetivos. Solicitar la amnistía para quien haya matado supondría revisar toda la política penitenciaria del estado, sin limitarse a los asesinos de ETA.

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El 15M y la paradoja de la representatividad

“¡No nos representan!”, ha sido una de las proclamas más relacionadas con el movimiento del 15M. Esta frase se dirigía a los políticos que ocupan instituciones de una democracia desgastada y poco participativa. Pero tras el bloqueo del Parlament catalán esta frase parece haberse puesto en contra de los que, corroídos por la indignación, pretendieron impedir que se votase la Llei de Pressupostos de la Generalitat. Al exigir una democracia más real no se está pidiendo que se haga lo que quieren quienes promulgan el cambio. CiU ganó las elecciones y alguien les habrá votado. Si se exige democracia ha de hacerse a sabiendas de que es probable que lo que uno quiere no sea lo que quiere la mayoría. Si no, no pidas “democracia real”.

Desde el primer momento este aspecto estuvo muy cuidado dentro de las movilizaciones. Se trata de un conjunto de personas con historias y motivos individuales para estar allí. Nadie podía representarlos. No había portavoces. Era un magma de indignación: personas en situación de desempleo, estudiantes sin perspectivas de futuro, pensionistas, eternos becarios… Pero cuando se llevan a cabo acciones como la del 15 de junio la minoría que estaba allí comenzó a representarnos. No solo a quienes estaban indignados, sino a la ciudadanía en general al bloquear una institución que es de todos. Y es que en realidad los políticos sí nos representan, el problema es que lo hacen mal. La solución, entonces, no es impedir que lo hagan, sino exigir que lo hagan bien. La cuestión de la representatividad se convierte, desde hechos como estos, en una paradoja y también en una controversia. ¿Quién nos representa más, un partido elegido en base a una ley electoral que muchos (no sabemos cuántos) consideramos injusta o una minoría (sí, minoría) que según dicen las encuestas cuenta con la simpatía de la mayor parte de la sociedad? Y aún creyendo que estas encuestas dan legitimidad, ¿también la mayoría de la ciudadanía estaría de acuerdo con la obstrucción del ejercicio de la democracia que tenemos? Al impedir el ejercicio de los procesos democráticos quienes protestaban en el Parlament se equivocaron. Quisieron erigirse como representación de la mayoría, se adjudicaron ese derecho. Suerte que esa minoría lo sea también dentro del propio movimiento.

La exageración de los disturbios, el tratamiento mediático, y la vocación peliculera de algunos de los diputados entrando en helicóptero aderezaron la percepción que se tuvo de los incidentes. Pero son aspectos complementarios que se han de tratar aparte, como elementos que se han convertido en indispensables en una sociedad del esperpento, el espectáculo y el morbo. Lo que queda es la esencia: el bloqueo en sí mismo y la paradoja de la representatividad.

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Barcelona nunca estivo tan fermosa

Disque eramos 200.ooo. Outros din que moitos máis, e outros que menos. O certo é que, números aparte, Barcelona onte estaba pletórica. A iso das 16.30 da tarde Plaça Catalunya xa comezaba a encherse. Un home aproveitaba para vender globos de helio con personaxes animadas que acompañaban polo aire aos lemas e reivindicacións. Bob Esponja paseaba polo ceo barcelonés da man de pancartas que rachaban de novo o tedio. Unha muller (con hiyab, por certo, que me reafirmou na idea de que o velo non é incompatible coa rebeldía) colocaba na camiseta algunhas mensaxes que falaban de valores. Outra muller (sí, outra muller), erguía a súa voz para ensaiar os primeiros cánticos: “un banquero se balanceaba sobre la burbuja inmobiliaaaria, como veía que no se caía fue a llamar a otro banqueeero…”.

Un grupo de manifestantes con disfraces de zombis recordábannos o que eramos hai uns meses, antes de termos reaccionado. Nas súas costas lemas como o seguinte: “zombi: yo no necesito cultura, sólo técnicas productivas”. Máis tarde, xusto antes de que as columnas de xenta saíran cara ao Arc de Triomf, os zombis serían os protagonistas cun baile improvisado ao son de Thriller, de Mickael Jackso. Á súa vez, un veterano da Revolución esixía protagonismo ao berro de ¡Muerte al capitalismo!. Nunha man, unha bandeira pirata, na outra, un cigarro. No seu peito a estampa do Che. Coa voz ronca de quen ten vivido repetía de novo ¡Muerte a los capitalistas!, nunha especie de boicot aos zombis que mostraban a súa coreografía con orgullo. Nunha pancarta, alguén animaba a Puig, o conselleiro de interior da Generalitat que ordenou o desaloxo de Plaça Catalunya o 27 de maio, a anotarse a clases de ioga.

#feliz15O

O descontento flutuaba, expresando a súa máxima potencia ante lugares simbólicos como sucursais de entidades bancarias ou a Borsa de Barcelona. Entre a xente parecía haber algún que aínda non se esquecera das praias galegas tinguidas de negro, pois víanse algunhas camisetas co lema Nunca Máis. E non era a única reivindicación que viña de fóra. Unha pancarta sostida por inmigrantes era síntoma de que o movemento é plural. Porén, parecía haber algún que outro desorientado que polo baixo se queixaba: “aquests són els culpables de la crisi”. En fin, cousas que pasan cando se xunta moita xente. Pero o balance final coido que foi positivo. A xente estaba radiante. Dúas mulleres embarazadas amosaban as súas barrigas pintadas como se fosen o globo terráqueo. Levaban no ventre a esperanza debuxada. Barcelona nunca foi tan fermosa.

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Burka: de la imposición a la prohibición

Los discursos simplistas suelen predominar hoy en día en una sociedad que padece de desinformación. La prohibición del burka y el niqab ha sido un tema que ha estado en boca de todos de un tiempo a esta parte, y, de nuevo, se han tomado como argumentos válidos simples indicios, suposiciones y afirmaciones basadas en tópicos que no profundizan en el problema real, si es que tal problema existe.

La sociedad occidental ha visto peligrar su statu quo ante la llegada de lo desconocido, y en vez de preocuparse por integrar nuevas realidades en la que se presume como multicultural Europa, se ha dedicado a cuestionar la libertad para el uso de ciertas prendas típicas en la mujer musulmana. El burka y el niqab han sido los puntos de mira de muchos europeístas convencidos que ven en estas prendas una amenaza a los valores occidentales.

El clima en zonas desérticas obligó a muchos, desde antes de la llegada del islam, a la utilización de éste tipo de prendas para protegerse. Posteriormente, ya en el siglo XX la moda del burka se reincorporó como símbolo de distinción de las clases más altas. En concreto, las mujeres que formaban el harén de un hombre distinguido eran obligadas a ponérselo para que nadie más pudiese disfrutar de su belleza. Obviamente se trata de un fenómeno machista a todas luces. Por más que se busque en la historia, vamos a encontrar argumentos machistas en el origen del burka y el niqab. Hablando en primera persona, considero estas prendas elementos represores de la mujer que yo me negaría a usar.

Hasta aquí podrían coincidir mis argumentos con los de cualquiera que se crea con derecho a prohibir. Pero hay muchos más puntos a tener en cuenta. El primero es qué quieren realmente las mujeres que usan el burka. En este sentido hay casos de mujeres que manifiestan sus deseos de usar esta prenda en libertad, y nadie debería tener potestad para prohibírselo. Aquí surge la segunda pregunta: ¿cómo entienden estas mujeres el uso del burka? Y aquí es importante repasar los argumentos de las afectadas que, según afirman, lo usan libremente: ” Leí libros sobre el islam, sobre la libertad de las mujeres, sobre las mujeres del profeta. Admiro mucho a esas mujeres: estaban emancipadas, eran feministas, y vestían así. Lo hago por acercarme a ellas. No es algo humillante, ni formo parte de una secta.”. Así lo explica Kenza Drider, una de las defensoras del uso del niqab en Francia, en una entrevista en www.webislam.com.

Puede que el caso de Kenza no sea representativo, pero aún así, preguntémonos ahora qué se consigue creando polémica en torno a este asunto. Hace algo más de un año, en pleno debate en Cataluña, el Instituto CERES publicó los resultados de un estudio que mostraba que tres de cada diez encuestados sentía rechazo hacia los musulmanes. Además, el 10% de ellos explicaba que se trataba de un sentimiento reciente. Se puede deducir, entonces, que el riesgo de estigmatización para estas mujeres es alto, y que la islamofobia puede aumentar. Ante esta situación surge un círculo vicioso que radicaliza las posturas, de modo que quienes se sientan musulmanes reivindicarán más sus costumbres a la vez que la xenofobia va creciendo, y así sucesivamente.

A parte de las consecuencias que pueda tener la prohibición de estas prendas es importante analizar el carácter aleccionador paternalista que se ejercería desde el “perfecto occidente” al “desorientado oriente”. Prohibir el burka sería eliminar el criterio propio de las mujeres musulmanas, cosificándolas sin tener en cuenta su voluntad y su propio derecho a rebelarse. Se trataría de un claro ataque a la libertad religiosa. Es necesario además, ver los problemas propios, ya que si hiciésemos un paralelismo, el canon estético occidental podría erradicarse también a base de prohibiciones con el mismo argumento. ¿Quién propondría la prohibición de las dietas para adelgazar? ¿Qué partido político se atrevería a decir que también los tacones oprimen a la mujer occidental al igual que el burka a la musulmana?

El objetivo final que tiene la prohibición de estas prendas es conseguir la igualdad social para hombres y mujeres. Entonces es importante saber si eliminando el burka se eliminan las desigualdades. Sería ingenuo creer que por dejar de usarlo las mujeres van a cobrar lo mismo que los hombres, o que el trabajo de casa se repartirá de forma equitativa. Podríamos considerar esta prenda como eso, un  trozo de tela que no va a cambiar en nada la realidad de las mujeres, al menos para bien. Los esfuerzos se deben canalizar entonces hacia la educación, la integración y la igualdad real entre mujeres (con burka o sin él) y hombres.

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